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“Puso su morada entre nosotros, pasando por uno de tantos”

“Puso su morada entre nosotros, pasando por uno de tantos” Tal vez ahí comienza el verdadero escándalo cristiano, no un Dios lejano, perfecto en su distancia, sino un Dios que acepta confundirse entre la gente. Uno más en el camino. Sin privilegios visibles. Sin imponerse. Sin ocupar el centro. Y, sin embargo, precisamente ahí aparece una pregunta decisiva para nuestra humanidad: ¿qué valor tiene lo humano para que Dios mismo quiera compartirlo? No vino a sustituir nuestra vida, sino a habitarla. A entrar en el cansancio de los días, en la fragilidad de los vínculos, en las alegrías pequeñas, en las heridas que escondemos. Dios no se hace hombre para alejarnos de la tierra, sino para reconciliarnos con ella. Como si dijera: “tu vida concreta merece ser vivida hasta el fondo”. Quizá por eso el cristianismo no empieza con una idea moral ni con un sistema religioso, sino con una presencia. Un encuentro que despierta de nuevo la capacidad de mirar. Porque cuando alguien se sabe mirado con ...
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Cuando la indiferencia vence. Educación para la paz

En un mundo que parece girar al ritmo de los conflictos, donde las noticias de guerra ya no nos sobresaltan como antes, resuena con fuerza la palabras del Papa en el Regina Coeli del domingo de Pascua:  “Nos estamos acostumbrando a la violencia, nos resignamos a ella y nos volvemos indiferentes. Indiferentes a la muerte de miles de personas. Indiferentes a las repercusiones de odio y división que los conflictos siembran. Indiferentes a las consecuencias económicas y sociales que producen y que todos percibimos.” Esta afirmación no es solo un diagnóstico, es también una llamada urgente. Porque la indiferencia, más que la violencia misma, es el terreno donde la violencia crece sin resistencia. Cuando el dolor ajeno deja de interpelarnos, algo esencial en nuestra humanidad comienza a apagarse. Desde una mirada pedagógica, educar para la paz no es un añadido opcional, sino una necesidad radical. No se trata únicamente de enseñar contenidos sobre conflictos o derechos humanos, sino de f...

Cristo ha resucitado y no es solo recuerdo.

  ¡Cristo ha resucitado! Y no es solo recuerdo, ni algo que quedó atrás, ni una emoción que vuelve cada año. Es vida presente. Es certeza que sostiene. Es alguien que camina a nuestro lado. Decir hoy: ¡Cristo ha resucitado! es reconocer que Él está aquí, en lo cotidiano, en lo pequeño, en lo que a veces pasa desapercibido. ¡Ha resucitado! y camina entre nosotros: en los días luminosos y también en los nublados, en medio de la gente, en el trabajo de cada día, en esa Galilea nuestra donde la vida sucede. Y también en medio del dolor del mundo: en las guerras que desgarran pueblos, en quienes huyen dejando atrás su hogar, en los que cruzan fronteras con miedo y esperanza, en las lágrimas silenciosas de tantas familias, en la soledad de quien no encuentra consuelo. Ahí también está Él. Ahí nos espera. Ahí nos llama. Porque es ahí, en nuestra Galilea concreta, herida y esperanzada a la vez, donde Él nos sale al encuentro. ¡Cristo ha resucitado! y se deja encontrar en los rostros cercan...

Algunos miran de lejos con el alma encogida

Algunos miran de lejos, con el alma encogida, como quien teme que el dolor pueda pronunciar su nombre. Y susurran, casi al viento: yo no soy de los suyos, mientras el miedo les va cerrando los ojos. Otros bajan la frente, porque aún les arde en la boca el grito que no se borra: ¡crucifícalo!, y la noche les crece por dentro. Pero hay manos que se acercan, lentas, humildes, como oración que no hace ruido, y enjugan el rostro herido de un Dios cubierto de polvo y ternura. Muchos caminan sin saber, como hojas llevadas por el viento, y otros, sabiendo, se refugian en la sombra cómoda de no mirar, de no sentir, de no dejarse herir. Y en esa orilla del mundo somos todos: mirada, huida, piedra o caricia, silencio que consuela o risa que hiere. Va pasando el camino… cae y se levanta la Esperanza, se encuentra con los ojos de la Madre, donde cabe todo el dolor sin romperse. Y a las mujeres les deja palabras como semillas de consuelo, mientras un hombre cualquiera, arrancado de su rutina, descub...

Me sientas a la mesa

Vienes en silencio y me llamas por mi nombre. Me invitas a sentarme a tu mesa, a quedarme contigo, a ser uno más. Y no me pides nada, solo que abra el corazón, solo que me deje querer. Partes el pan… y en ese gesto te partes tú. Lo repartes… y en ese gesto te quedas en todos. Te haces cercano, te haces pequeño, te haces alimento. Y me miras así, como soy. Y yo me pregunto: ¿puedo quedarme aquí, sin esconderme, sin aparentar? Porque hoy también puedo fallarte, puedo negarte, puedo marcharme lejos. Y sin embargo, no me retiras tu lugar. No me cierras la mesa. No me quitas tu amistad. Te levantas, te inclinas, te arrodillas ante mí. Y el mundo se detiene. Tomas mis pies cansados, mi polvo, mi camino torcido… y los lavas con ternura. Y otra vez me pregunto: ¿te dejo hacer? ¿me dejo amar así? Porque cuesta recibir, cuesta confiar, cuesta saberse necesitado. Pero tú insistes… y amas. Y cuando terminas, cuando el silencio habla, me susurras despacio: “haz tú lo mismo”. Y vuelve la pregunta: ¿...

Miércoles Santo “Uno de ustedes…”

En la mesa hay pan, pero pesa más el silencio. Las manos tiemblan, no por hambre, sino por la sospecha. “Uno de ustedes…” La frase cae como una piedra en el agua quieta del corazón, y las miradas ya no son ventanas, sino espejos que incomodan. ¿Quién soy yo cuando la noche se acerca? ¿Soy el que promete fidelidad o el que negocia en la sombra? El pan se parte, pero también se parte la confianza. El vino se derrama, pero también la certeza de conocerse a sí mismo. “¿Acaso soy yo, Señor?” Pregunta que no busca información, sino misericordia. Pregunta que no señala al otro, sino que se atreve a entrar en la propia grieta. Porque traicionar no siempre es besar en la oscuridad, a veces es callar cuando hay que amar, huir cuando hay que quedarse, olvidar cuando hay que recordar. Y, sin embargo, Él sigue repartiendo el pan. No retira la mesa, no rompe la alianza, no deja de mirar con ternura. Hoy, en esta mesa que es mi vida, donde conviven luces y sombras, me atrevo a quedarme en la pregunta...

En este Martes Santo la palabra cae sencilla.

  En este Martes Santo, la palabra cae sencilla, como quien no quiere herir, pero tampoco esconder la verdad: “Lo que tienes que hacer, hazlo pronto.” Y me pregunto: ¿cuántas veces también yo he apurado la noche en mi corazón? ¿En qué momentos he elegido caminos que se alejan, aunque sabía, muy dentro, que no llevaban a la vida? Hay silencios que pesan, decisiones pequeñas que van inclinando el alma sin hacer ruido. Tú no detienes, Señor. No fuerzas. No gritas. Solo dices la verdad y dejas espacio. ¿Soy capaz de quedarme contigo cuando todo invita a irse? ¿O también yo busco atajos, excusas, sombras cómodas? Este martes no pide grandes palabras, solo honestidad. Mirar dentro sin miedo, sin disfraz. Porque incluso ahí, donde no quiero mirar, sigues esperando con una paciencia que no se cansa. Fali Moreno

Bienaventurado quien al acoger al pequeño, descubre en él el misterio escondido de Dios

  Salimos al encuentro con ramos en alto, y, sin embargo, tantas veces pasas de largo en la historia que no queremos mirar. Vienes sin estruendo, despojado, mezclado entre los pasos cansados de los caminos, en quienes no encuentran lugar, en los que cruzan fronteras invisibles y en los que la vida va dejando al borde. Te aclaman los labios, pero tu Reino se revela en lo pequeño, en el rostro herido que nadie nombra, en la dignidad que resiste bajo el peso de cada día, en la esperanza de los últimos, que siguen esperando un gesto, una mirada, un hogar. Entra, Señor, no como huésped fugaz, sino como quien trastoca seguridades y abre caminos. Derriba en nosotros los muros que justificamos, ensancha el corazón hasta que no quepa la indiferencia, y haz de nuestra vida un umbral donde todos encuentren sitio, una mesa compartida, una puerta que no pregunte. Que sepamos reconocerte no en la gloria que deslumbra, sino en la carne viva del hermano, en cada historia que clama justicia y consu...

No me juzgues por mis pies cansados

  No me juzgues por mis pies cansados, que llevo mucho caminado… y aún así, no he dejado de buscar. No te fijes en mi espalda fatigada, es solo el peso de lo que he amado, de lo que no quise abandonar. No me mires a los ojos si su brillo no es el mismo, he visto dolor… pero también a Dios pasar. No mires a mi lado, pues muchos se han marchado, aquellos que un día juraron quedarse; ya no están conmigo, aunque aprendí a dejarlos ir en paz. No preguntes por mis silencios, a veces callo para poder escuchar. No señales mis manos vacías, están así porque aprendí a dar… y a confiar en que siempre se llenarán. No me pidas ser el de ante Dios no me quiere igual, me sueña nuevo, cada día, sin mirar atrás. Y si aún dudas de lo que soy, camina conmigo… no para juzgar, sino para descubrir que en lo pequeño también se aprende a amar. Fali Moreno

Betania, donde la amistad llora y renace la vida.

Betania donde la amistad llora y la vida renace Nadie supo lo que pasaba, pero pasaba todo lo que todos sabían. Nadie entendía del todo, pero en el fondo todo dolía. Y en medio de ese silencio espeso, hay un llanto. Jesús llora. No es un detalle menor. Es revelación. Llora en Betania, lugar de amistad, lugar de descanso del corazón, lugar donde el amor tenía nombre. Lázaro, Marta y María. Betania no es solo un sitio en el camino, es casa, es refugio, es espacio de sanación. Allí Jesús no enseña desde la distancia, vive, comparte, ama. Porque la amistad, en Él, no es un vínculo superficial, ni una compañía pasajera. Es entrega real, es presencia fiel, es un amor que se deja afectar. “Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro”  Ese amor es concreto. Tiene rostros, historia, cercanía. Y por eso llora. Porque la muerte de Lázaro no es solo un hecho, es la herida de una relación, es el dolor de un vínculo que parece romperse. En ese llanto se revela algo profundo, Dios ha querido ten...

En el silencio de la noche

En el silencio de la noche, cuando el viento apenas susurra, el alma se siente sola, como un corazón que busca sentido, y solo Tú conoces su vacío. A veces la esperanza parece irse, como un hilo de luz que entra débil por la ventana. Sobre una silla, un Evangelio abierto espera, testigo silencioso de la vida que sigue, de la Palabra que toca incluso la soledad y hace sentir que no estamos completamente abandonados. La oscuridad pesa, y todo parece frío y distante. Ni una estrella parece alumbrar, y el silencio se siente como un eco interminable de lo que quisiéramos sostener en nuestras manos. Pero incluso en la soledad, la vida sigue llamando. Como un campo que espera la lluvia, como una semilla que crece en silencio, el corazón puede renacer cuando se abre a la Presencia que siempre lo acompaña, aunque no la vea. Cuando las certezas se quiebran y la fe se vuelve frágil, el corazón sigue latiendo, guiado por esa fuerza que da sentido a cada instante, como la luz que toca la silla y el...

Duerme, San José,

Duerme, San José,  ya estás cansado,  el polvo del camino  te pesa en los pies.  Fue largo el sendero hasta llegar a Belén.  Duerme, San José,  mil puertas llamaste sin hallar un hogar;  nadie comprendía  quién iba a nacer  esa noche santa en Belén.  Duerme, San José,  padre silencioso,  ternura fiel, custodio  del Niño, Emanuel.  Deja que yo arrope el pesebre,  déjame velar por Él.  Duerme, San José,  y que el ángel, en sueños,  te vuelva a hablar,  te muestre el camino,  te enseñe a cuidar.  Dios te ha elegido para amar,  para ser padre y nunca soltar.  Duerme, San José. María vela en la noche, corazón en oración, entre sus manos descansa el Misterio de Dios. Todo lo guarda en su alma, todo lo ofrece en amor. Duerme San José.  Fali Moreno

¿Qué haces tú ahí, buen Jesús?

  Con la llegada de la primavera parece como si el tiempo respirara de otro modo. Algo se aquieta, algo se abre. Nuestras calles se llenan del aroma del incienso, las velas despiertan pequeñas luces en la tarde y, casi sin darnos cuenta, el arte, la cultura y la devoción vuelven a encontrarse. No es solamente una tradición que se repite año tras año, es el corazón humano que, tocado por la belleza, vuelve a levantar la mirada hacia el Misterio. Porque la belleza tiene una fuerza singular: no se impone, pero llama; no obliga, pero despierta. Y cuando despierta, el alma comprende que está hecha para algo más grande. Por eso las cofradías preparan con esmero lo que han recibido de tiempos inmemoriales. Se pulen los varales, se disponen con cuidado los hábitos y los capirotes, las mantillas negras caen con sobriedad sobre los hombros. Cada gesto parece pequeño, pero guarda una memoria profunda. No es solo cultura, ni solamente emoción, es la fe de un pueblo que, a través de signos visi...

Para llegar a las periferias primero hay que saber dónde está el centro

Para llegar a las periferias primero hay que saber dónde está el centro. Con frecuencia escuchamos la invitación a ir hacia las periferias, una llamada que ha resonado con fuerza en la Iglesia, especialmente en el pontificado de Francisco. Y es verdad, estamos llamados a salir, a no quedarnos encerrados, a ir al encuentro de quienes viven en las periferias existenciales y materiales de nuestro mundo. Pero hay una pregunta que no podemos olvidar:   ¿desde dónde salimos? Porque, para que exista una periferia, tiene que existir un centro, el lugar del primer encuentro. Y nadie puede llevar agua a otros si antes no ha bebido de la fuente, o si hemos olvidado el camino que nos lleva al punto de partida, al pozo de donde un día salimos sabiendo cuál era nuestro destino. El centro de nuestra vida no está en nuestras capacidades, ni en nuestras estrategias, ni siquiera en nuestros buenos deseos de ayudar. El centro es Dios. Es el encuentro vivo con Él, que nos mira con misericordia, que no...