Y después de un largo camino, me senté un rato junto al río. Buscaba sanar las heridas, refrescar la cara, seguir los senderos de la vida. Miré al horizonte y vi llegar a un hombre, que desde la otra orilla me observaba con mirada compasiva. No dijo su nombre, pero mi corazón ya lo sabía. Extendió la mano y susurró: "Ven conmigo". —¡No puedo! —dije en seguida—. No conoces mis miedos, mis idas y venidas, el temor de hundirme en el río de la vida. No soy digno de ser salvado, pues conozco mi pecado. Y una vez más, me dijiste: "No sabes cuánto te he esperado, cuánto he caminado siempre a tu lado. Desde la otra orilla te acompañé en cada caída, te tendí la mano, te saqué del lodo. Porque solo por ti, un día lo di todo. Cruza a la otra orilla. Ven conmigo. Déjame sanar tus heridas" ¿Quién eres tú, Señor, que, a pesar de mi pecado, cada día me tiendes la mano? Fali Moreno
Bienvenido a este rincón, donde las palabras no solo se entrelazan, sino que cuestionan. Un espacio para pensamientos profundos nacidos de la experiencia personal, pero también de la conciencia social; reflexiones que emergen en los momentos de pausa, cuando observar el mundo con atención se vuelve un acto político, y pensar críticamente, una forma de resistencia.