En la mesa hay pan,
pero pesa más el silencio.
Las manos tiemblan,
no por hambre,
sino por la sospecha.
“Uno de ustedes…”
La frase cae
como una piedra en el agua quieta del corazón,
y las miradas ya no son ventanas,
sino espejos que incomodan.
¿Quién soy yo
cuando la noche se acerca?
¿Soy el que promete fidelidad
o el que negocia en la sombra?
El pan se parte,
pero también se parte la confianza.
El vino se derrama,
pero también la certeza de conocerse a sí mismo.
“¿Acaso soy yo, Señor?”
Pregunta que no busca información,
sino misericordia.
Pregunta que no señala al otro,
sino que se atreve a entrar en la propia grieta.
Porque traicionar
no siempre es besar en la oscuridad,
a veces es callar cuando hay que amar,
huir cuando hay que quedarse,
olvidar cuando hay que recordar.
Y, sin embargo,
Él sigue repartiendo el pan.
No retira la mesa,
no rompe la alianza,
no deja de mirar con ternura.
Hoy,
en esta mesa que es mi vida,
donde conviven luces y sombras,
me atrevo a quedarme en la pregunta:
¿Dónde te estoy dejando solo?
¿En qué gesto cotidiano te niego?
¿A quién, con mi indiferencia, estoy entregando?
Y aún así,
el pan sigue siendo ofrecido.
Y aún así,
mi nombre sigue siendo pronunciado con amor.
Fali Moreno

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