Para llegar a las periferias primero hay que saber dónde está el centro.
Con frecuencia escuchamos la invitación a ir hacia las periferias, una llamada que ha resonado con fuerza en la Iglesia, especialmente en el pontificado de Francisco. Y es verdad, estamos llamados a salir, a no quedarnos encerrados, a ir al encuentro de quienes viven en las periferias existenciales y materiales de nuestro mundo.
Pero hay una pregunta que no podemos olvidar:
¿desde dónde salimos?
Porque, para que exista una periferia, tiene que existir un centro, el lugar del primer encuentro. Y nadie puede llevar agua a otros si antes no ha bebido de la fuente, o si hemos olvidado el camino que nos lleva al punto de partida, al pozo de donde un día salimos sabiendo cuál era nuestro destino.
El centro de nuestra vida no está en nuestras capacidades, ni en nuestras estrategias, ni siquiera en nuestros buenos deseos de ayudar. El centro es Dios. Es el encuentro vivo con Él, que nos mira con misericordia, que nos levanta cuando caemos y que vuelve a encender la esperanza en nuestro corazón.
Si perdemos ese centro, corremos un riesgo grande, el de caminar mucho, hacer muchas cosas, pero terminar vacíos. La misión puede convertirse en activismo, y el servicio en cansancio.
Las periferias del mundo están llenas de heridas, personas solas, pobres olvidados, jóvenes sin horizonte, corazones cansados de esperar. Allí estamos llamados a ir. Allí nos espera el hermano. Allí nos espera también Cristo.
Pero no podemos ir a las periferias con un corazón vacío.
¿Cómo podremos tocar las heridas de los demás si antes no hemos dejado que Dios toque las nuestras?
¿Cómo podremos llevar esperanza si no vivimos de la esperanza que nace del encuentro con Él?
Por eso, nosotros, como Iglesia, antes de salir necesitamos volver siempre al centro. Volver al Señor. Volver a la fuente. Volver a ese lugar donde el corazón aprende de nuevo a mirar con ternura, a escuchar con paciencia y a amar sin medida.
Quizá la tarea más urgente de nuestro tiempo no sea simplemente hacer más cosas, sino volver al centro. Redescubrir cada día esa fuente que no se agota. Dejar que Dios vuelva a ser el corazón de nuestra vida.
Porque cuando el centro está claro, el camino hacia las periferias aparece casi por sí solo.
Entonces sí podremos salir sin miedo. Podremos caminar hacia las heridas del mundo.
Podremos acercarnos a los que sufren, no como quien lleva algo propio, sino como quien comparte un don que ha recibido.
Y así, con el corazón lleno de Dios y los pies en el camino, la Iglesia seguirá haciendo lo que siempre ha hecho: ir al encuentro del hombre allí donde está, también en las periferias, llevando la única agua que realmente puede saciar la sed del corazón humano.
Fali Moreno.
Querido Fali: cómo siempre, con tus reflexiones, das en el clavo. Gracias por recordarme tantas cuestiones... cuál debe ser mi centro y desde dónde y cómo debo salir hacia el otro. ¡Muchas gracias!
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