En el silencio de la noche,
cuando el viento apenas susurra,
el alma se siente sola,
como un corazón que busca sentido,
y solo Tú conoces su vacío.
A veces la esperanza parece irse,
como un hilo de luz que entra débil
por la ventana.
Sobre una silla, un Evangelio abierto espera,
testigo silencioso de la vida que sigue,
de la Palabra que toca incluso la soledad
y hace sentir que no estamos completamente abandonados.
La oscuridad pesa,
y todo parece frío y distante.
Ni una estrella parece alumbrar,
y el silencio se siente como un eco interminable
de lo que quisiéramos sostener en nuestras manos.
Pero incluso en la soledad,
la vida sigue llamando.
Como un campo que espera la lluvia,
como una semilla que crece en silencio,
el corazón puede renacer
cuando se abre a la Presencia que siempre lo acompaña,
aunque no la vea.
Cuando las certezas se quiebran
y la fe se vuelve frágil,
el corazón sigue latiendo,
guiado por esa fuerza que da sentido
a cada instante,
como la luz que toca la silla y el Evangelio,
silenciosa, constante, cercana.
Es en esa noche de abandono y recogimiento
donde se descubre la comunión verdadera:
la presencia que sostiene,
que da fuerza al que se siente débil,
que transforma la soledad en encuentro.
Y aunque la sombra abrume,
aunque todo parezca quieto y oscuro,
la luz permanece,
suave y firme,
como la Palabra abierta sobre la silla,
como la esperanza que renace
en el corazón dispuesto a recibirla.
Fali Moreno

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