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Me sientas a la mesa


Vienes en silencio

y me llamas por mi nombre.

Me invitas a sentarme a tu mesa,

a quedarme contigo,

a ser uno más.

Y no me pides nada,

solo que abra el corazón,

solo que me deje querer.

Partes el pan…

y en ese gesto

te partes tú.

Lo repartes…

y en ese gesto

te quedas en todos.

Te haces cercano,

te haces pequeño,

te haces alimento.

Y me miras así,

como soy.

Y yo me pregunto:

¿puedo quedarme aquí,

sin esconderme,

sin aparentar?

Porque hoy también

puedo fallarte,

puedo negarte,

puedo marcharme lejos.

Y sin embargo,

no me retiras tu lugar.

No me cierras la mesa.

No me quitas tu amistad.

Te levantas,

te inclinas,

te arrodillas ante mí.

Y el mundo se detiene.

Tomas mis pies cansados,

mi polvo,

mi camino torcido…

y los lavas con ternura.

Y otra vez me pregunto:

¿te dejo hacer?

¿me dejo amar así?

Porque cuesta recibir,

cuesta confiar,

cuesta saberse necesitado.

Pero tú insistes…

y amas.

Y cuando terminas,

cuando el silencio habla,

me susurras despacio:

“haz tú lo mismo”.

Y vuelve la pregunta:

¿a quién me acerco?

¿a quién evito?

¿a quién me cuesta mirar?

¿Quién espera

que me incline,

que escuche,

que sirva?

Tomas lo poco que soy

y lo bendices.

Lo partes…

y me enseñas a partirme.

Lo entregas…

y me enseñas a darme.

¿Sabré vivir así?

¿sabré amar sin medida?

¿sabré quedarme

cuando amar duela?

Esta noche arde en silencio.

Esta noche enseña sin palabras.

Es amor que se entrega,

amor que se parte,

amor que se reparte…

y que, al partirse,

se queda.

Y yo, en medio de todo,

solo quiero aprender

a amar como Tú.

Fali Moreno



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