Salimos al encuentro con ramos en alto,
y, sin embargo, tantas veces pasas de largo
en la historia que no queremos mirar.
Vienes sin estruendo, despojado,
mezclado entre los pasos cansados de los caminos,
en quienes no encuentran lugar,
en los que cruzan fronteras invisibles
y en los que la vida va dejando al borde.
Te aclaman los labios,
pero tu Reino se revela en lo pequeño,
en el rostro herido que nadie nombra,
en la dignidad que resiste bajo el peso de cada día,
en la esperanza de los últimos,
que siguen esperando un gesto, una mirada, un hogar.
Entra, Señor, no como huésped fugaz,
sino como quien trastoca seguridades y abre caminos.
Derriba en nosotros los muros que justificamos,
ensancha el corazón hasta que no quepa la indiferencia,
y haz de nuestra vida un umbral donde todos encuentren sitio,
una mesa compartida, una puerta que no pregunte.
Que sepamos reconocerte
no en la gloria que deslumbra,
sino en la carne viva del hermano,
en cada historia que clama justicia y consuelo.
¡Bendito el que viene en nombre del Señor,
y bienaventurado quien, al acoger al pequeño,
descubre en él el misterio escondido de Dios!
Fali Moreno
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