La Cuaresma vuelve cada año como una llamada discreta pero insistente al corazón humano, como un hecho que irrumpe y nos provoca. No es simplemente un tiempo de prácticas externas, sino la ocasión de verificar qué sostiene realmente nuestra vida. En medio del ruido y la dispersión, la Iglesia nos ofrece estos días para redescubrir algo elemental y decisivo, sin oración el cristianismo se reduce a ética, a tradición cultural o a emoción pasajera. Se vuelve discurso, memoria de algo que fue. Con oración, en cambio, la fe vuelve a ser experiencia viva, acontecimiento presente.
Porque la oración no nace ante todo de un mandato, sino de una necesidad. Es la expresión más verdadera del yo cuando toma conciencia de sí mismo. El hombre es mendicante por naturaleza, su corazón siempre está en espera, como deseo de plenitud, de justicia, de amor que no termine. Cuando esta necesidad no encuentra su nombre verdadero, se dispersa en mil sustituciones, en ocasiones generadas por nosotros mismo, para distraer nuestro ser, nuestra exigencia. La oración es el momento en que esa exigencia radical se reconoce y se dirige a su origen. Es el grito, a veces silencioso, a veces herido, de quien descubre que no se basta a sí mismo.
Orar no es cumplir un deber religioso, sino entrar en relación con una Presencia real que toma la iniciativa. Es dejar de hablar solos. Es aceptar que Otro me precede, me piensa, me sostiene ahora. La oración cristiana no es un ejercicio de introspección, sino la apertura a un Tú que está vivo. Por eso no comienza en nuestro esfuerzo, sino en una atracción: algo, o mejor, Alguien, nos despierta y nos llama.
En la oración dejamos que Cristo nos alcance ahora, en nuestra circunstancia concreta, y toque nuestros afectos, nuestras heridas, nuestras preguntas. No lo encontramos en abstracto, sino en el espesor de lo cotidiano. Allí donde trabajamos, donde amamos, donde sufrimos. Entonces la fe deja de ser una idea aprendida y se convierte en encuentro que sucede, que cambia la manera de estar ante la realidad. Incluso el dolor y el fracaso dejan de ser objeción y se convierten en lugar donde puede manifestarse una compañía que no abandona.
Aquí se comprende por qué la Cuaresma nos conduce a la cruz. No como símbolo piadoso, sino como el hecho más grande de la historia, el Amor hecho carne que llega hasta el extremo. Ante la cruz comprendemos que Dios no es una explicación del mundo, sino una Presencia que se entrega. Allí el Misterio no elimina el sufrimiento, sino que lo habita. No responde desde fuera, sino desde dentro de nuestra condición.
Mirar la cruz es dejar que ese amor desarme nuestra autosuficiencia y despierte de nuevo el asombro. Nos juzga, porque revela la verdad de nuestro corazón, nuestro miedo, nuestra resistencia, nuestra necesidad de ser salvado, y nos consuela, porque muestra que somos amados tal como somos. En el Crucificado descubrimos que nada de nuestra humanidad le es extraño. La oración ante la cruz no es un ejercicio devocional, sino el reconocimiento de un acontecimiento presente, Aquel que dio la vida por nosotros vive y nos mira ahora.
Y es precisamente esa mirada la que ensancha el yo. La oración libera al hombre del encierro en sus cálculos y lo introduce en una pertenencia nueva. Descubrimos que nuestra vida forma parte de una historia más grande, que todo, incluso lo oscuro, está abrazado por un designio de bien. La conversión entonces no nace del voluntarismo ni del miedo, sino de la gratitud por un encuentro que nos ha conquistado. Cambiamos porque hemos sido fascinados. Cambiamos porque hemos sido alcanzados por una belleza que responde a la espera más profunda del corazón.
Por eso, en Cuaresma, lo más urgente quizá no sea multiplicar propósitos, sino custodiar un tiempo verdadero de silencio. Permanecer. Tomar el Evangelio no como texto que se estudia, sino como palabra que me habla hoy. Quedarse ante el Crucificado sin prisa, sin pretensión, dejando que su presencia atraviese nuestras vida.
Porque el acontecimiento Cristo, comienza siempre así, con un encuentro que sorprende y renueva. Y la oración es el lugar donde ese encuentro puede volver a suceder ahora. Sólo quien se deja amar puede empezar de nuevo. Sólo quien se sabe mirado puede mirar la realidad sin miedo. Sólo quien permanece ante Cristo descubre que la vida, incluso en la prueba, está sostenida por una Presencia que no pasa.
Señor Jesús,
en esta Cuaresma despierta mi corazón disperso
y hazme reconocer mi necesidad de Ti.
Que no reduzca la fe a costumbre o discurso,
sino que, en el silencio de la oración,
pueda encontrarte vivo y presente en mi historia concreta.
Ante tu cruz, desarma mi autosuficiencia,
abraza mis heridas y enséñame que nada de mi vida te es extraño.
Que tu mirada ensanche mi corazón
y me conceda comenzar de nuevo,
sostenido por la certeza de que soy amado.
Amén.
Rafael Moreno

Gracias por esta profunda y hermosa reflexión.
ResponderEliminarMuy amplia reflexión al estilo Benedicto xvi, ahora a llevarla a cabo
ResponderEliminarMuy buena
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