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Algunos miran de lejos con el alma encogida



Algunos miran de lejos,

con el alma encogida,

como quien teme que el dolor

pueda pronunciar su nombre.

Y susurran, casi al viento:

yo no soy de los suyos,

mientras el miedo les va cerrando los ojos.

Otros bajan la frente,

porque aún les arde en la boca

el grito que no se borra:

¡crucifícalo!,

y la noche les crece por dentro.

Pero hay manos que se acercan,

lentas, humildes,

como oración que no hace ruido,

y enjugan el rostro herido

de un Dios cubierto de polvo y ternura.

Muchos caminan sin saber,

como hojas llevadas por el viento,

y otros, sabiendo,

se refugian en la sombra cómoda

de no mirar,

de no sentir,

de no dejarse herir.

Y en esa orilla del mundo

somos todos:

mirada, huida,

piedra o caricia,

silencio que consuela

o risa que hiere.

Va pasando el camino…

cae y se levanta la Esperanza,

se encuentra con los ojos de la Madre,

donde cabe todo el dolor sin romperse.

Y a las mujeres les deja palabras

como semillas de consuelo,

mientras un hombre cualquiera,

arrancado de su rutina,

descubre que ayudar

también es cruz y gracia.

Y parece que todo termina,

como terminan las cosas del mundo:

en cansancio, en abandono,

en gritos que se disuelven en el aire.

Pero no.

Al pie del madero,

donde el Amor se deja atravesar,

la Madre permanece,

como tierra fiel bajo la herida,

guardando en su silencio

el latido último del Hijo.

Allí, donde el dolor se vuelve entrega,

Dios no responde con fuerza,

sino con donación,

como quien ama hasta el extremo

sin pedir regreso.

Y tú…

si hubieras estado allí,

¿habrías reconocido su mirada?

Porque hoy sigue pasando,

en cada herida olvidada,

en cada rostro caído en el camino.

Y la vida nos pregunta, quedamente,

como una brisa que insiste:

¿serás de los que pasan,

o de los que se detienen

a amar?

Fali Moreno


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