Con la llegada de la primavera parece como si el tiempo respirara de otro modo. Algo se aquieta, algo se abre. Nuestras calles se llenan del aroma del incienso, las velas despiertan pequeñas luces en la tarde y, casi sin darnos cuenta, el arte, la cultura y la devoción vuelven a encontrarse. No es solamente una tradición que se repite año tras año, es el corazón humano que, tocado por la belleza, vuelve a levantar la mirada hacia el Misterio.
Porque la belleza tiene una fuerza singular: no se impone, pero llama; no obliga, pero despierta. Y cuando despierta, el alma comprende que está hecha para algo más grande.
Por eso las cofradías preparan con esmero lo que han recibido de tiempos inmemoriales. Se pulen los varales, se disponen con cuidado los hábitos y los capirotes, las mantillas negras caen con sobriedad sobre los hombros. Cada gesto parece pequeño, pero guarda una memoria profunda. No es solo cultura, ni solamente emoción, es la fe de un pueblo que, a través de signos visibles, busca dejar espacio a Dios en medio de su historia.
Nuestro Señor del Huerto avanza en silencio. La procesión del Encuentro detiene por un instante el latido de las calles. La Virgen de la Soledad atraviesa la ciudad con una serenidad que habla sin palabras.
Y en ese caminar lento, entre música y silencio, el corazón humano percibe algo que lo sobrepasa, la cercanía de un amor que ha querido entrar en nuestra historia.
También los templos se preparan. Todo se orienta hacia la gran semana, hacia ese centro luminoso donde la fe cristiana encuentra su verdad más profunda. La borriquilla aparece entre palmas y olivos, y el pueblo canta Hosanna. Cristo entra humildemente en la ciudad, y en ese gesto sencillo se revela el rostro de Dios, un Dios que no domina, que se acerca; que no conquista con poder, sino con mansedumbre.
Llega el Jueves Santo. Y nuestra mirada se detiene ante la Eucaristía. Allí, en la sencillez del pan consagrado, aparece una belleza aún más profunda: la belleza de un amor que decide quedarse. En el silencio de los monumentos comprendemos que Dios no ha querido permanecer lejano. Ha querido quedarse con nosotros, acompañar el camino del hombre, habitar nuestras noches y nuestras esperanzas.
Después llega el Viernes Santo. Ante la Cruz el mundo parece detenerse.
La vida cuelga del madero. El dolor del hombre y el amor de Dios se encuentran en un mismo lugar. Y en el fondo del alma surge una pregunta que atraviesa el silencio:
¿Qué haces tú ahí, buen Jesús?
La respuesta no llega con ruido. Llega con la humildad del amor que permanece. Él está ahí porque ha querido abrazar la vida humana hasta el extremo, incluso en su fragilidad y en su sufrimiento.
Pero toda la belleza de esta semana, las velas, el incienso, las imágenes, los cantos, el silencio, quedaría incompleta si no nos condujera a lo esencial, vivir la Pascua al modo de Jesús.
Porque la Pascua no es solo algo que contemplamos. Es un camino que estamos llamados a recorrer.
Quizás te toque ser la Verónica, acercándote con ternura al rostro herido de Cristo que hoy aparece en tantos hermanos.
Quizás te toque ser el Cirineo, ayudando a llevar la cruz de alguien que ya no puede sostenerla solo.
Quizás te toque ser Pedro, frágil y temeroso, descubriendo que incluso después de la caída siempre es posible volver a empezar.
Quizás te toque ser Juan, permaneciendo fiel cuando otros se alejan, sabiendo que el amor verdadero no abandona.
Quizás te toque ser María, guardando en silencio el dolor y la esperanza cuando todo parece oscuro.
Porque la historia de Cristo no terminó en Jerusalén. Continúa misteriosamente en cada vida que se abre a Él.
Y entonces llegará el Domingo de Resurrección.
No solo como el final de una semana, sino como la irrupción de una luz nueva dentro de la historia. La Resurrección revela que todo lo que hemos contemplado tenía un sentido más profundo, que el amor es más fuerte que la muerte, que la esperanza no es una ilusión, que Cristo vive.
Y cuando esta certeza despierta en el corazón, incluso nuestras calles, nuestras tradiciones y nuestras procesiones adquieren un significado nuevo.
Se convierten en un anuncio silencioso pero poderoso, que Dios ha entrado en la historia, que no nos ha dejado solos, y que en Cristo resucitado la vida del hombre vuelve a abrirse a una alegría que ninguna noche podrá apagar.
Fali Moreno.
Muy bonito,me ha encantado tanta verdad,muchas gracias Fali
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