Cada mañana amanece contigo,
y el cielo se abre un poco más.
Tu luz se cuela por la ventana
y nos vuelve a despertar.
Te haces presente en lo pequeño,
en lo simple, en lo normal,
en el café, en una risa,
en las ganas de empezar.
Nos llamas suave en cada instante:
Estate atento al caminar,
que el que hoy cruza por tu lado
no sea tropiezo, sea encontrar.
Paso a paso haces camino,
sin ruido, pero de verdad.
Y en medio del ruido del mundo
susurras: “No caminas solo,
mi Padre contigo va.”
Y así se nos pasa el día,
entre idas y venidas sin más,
entre luces y alguna sombra,
entre tormenta y claridad.
Y cuando el sol vuelve a salir
después de hacernos esperar,
las flores que nacen despacio
nos hablan de tu fidelidad.
Pasan las horas…
y nos sabemos amados.
Aunque a veces mendiguemos
un cariño equivocado.
Nos caemos y nos levantas.
Nos perdonan, perdonamos.
Nos sostienen, sostenemos.
Y aprendemos que amar es darnos.
Y cuando el cielo se apaga
y la noche abraza en paz,
solo queda el alma en silencio
queriendo pronunciar:
Señor, gracias por la vida.
Gracias por tanto y por más.
Por lo claro y lo incierto,
por lo que duele y lo que da paz.
Porque en lo bueno y en lo frágil
siempre estuviste ahí.
Quien empieza el día en tus manos
descansa al final en Tú regazo.
Y mañana, si amanece,
volveremos a confiar…
que vivir contigo es regalo,
y agradecer… nuestra forma de amar.
Fali Moreno.
Muy bonita reflexión, constructiva y positiva, gracias por darnos luz
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