No fue un acontecimiento exterior extraordinario, sino algo más discreto y, precisamente por eso, más profundo. Una mirada capaz de detener el paso apresurado del corazón y de abrir, casi sin palabras, un espacio interior donde algo nuevo podía comenzar.
En ella parecía haber una invitación silenciosa, comprender que la vida en Cristo nace de una idea ni de un proyecto humano, sino de un encuentro. La experiencia que vivió nuestra Madre aquel día en Notre Dame de Paris, cuando escuchó aquellas palabras del padre Lacordaire, se convirtió en un encuentro que quizá aún no era una revelación plena, pero en el que aconteció algo grande en su vida.
Porque lo decisivo no era simplemente llegar hasta un lugar o formar parte de una historia. Lo verdaderamente importante era conocer a Aquel que había creado en ella una pregunta, descubrir su presencia, dejarse alcanzar por su amor y aprender, poco a poco, a amarlo y a hacer que se le ame.
El Evangelio no es un mensaje que se repite, sino una realidad que se vive. Por eso permanece siempre nuevo. Brota continuamente del encuentro con Cristo. Y allí donde Él es acogido, el corazón humano descubre algo que el mundo no puede dar por sí mismo, una esperanza que no decepciona.
No sabría explicar lo que ocurrió en aquel momento. Pero sé que sucedió algo real. Aquella mirada, Madre, me cautivó.
Porque en tu rostro no se reflejaba simplemente la bondad de una persona, sino una transparencia más profunda, y en ti, Madre, se hacía visible el rostro de Otro. Tu mirada me llevaba a Cristo. Y así comprendí que Él era, en verdad, quien me esperaba desde el principio.
Jesucristo, nuestro centro. En la Asunción todo viene de Jesucristo, todo es de Jesucristo, todo es para Jesucristo.
En este sentido, la verdadera pedagogía cristiana siempre tiene algo de transparencia, no se detiene en sí misma, sino que conduce más allá de sí, hacia el Señor. Así lo entendiste tú, discípula del Buen Maestro.
Y así continúa haciéndose realidad hoy en el rostro de tantas hermanas que, con una vida entregada al Reino, hacen visible la fidelidad de Dios en medio de la historia. En ellas se descubre esa forma humilde y silenciosa con la que Dios guía los pasos de su pueblo, con una sabiduría que no se impone, sino que acompaña, que acompasa el paso para ir dejando la huella del Evangelio.
Desde ahí se comprende también la misión de la Asunción, dar respuesta a cada momento de la historia con la mirada fija en Aquel que, con mano amorosa y sabia, conduce nuestro caminar. Y precisamente en este tiempo se nos invita también a seguir avanzando juntos, escuchando al Espíritu y caminando como familia hacia una vida más sinodal, nuestro camino hacia adelante.
En la Asunción, educar no es simplemente transmitir conocimientos. Es ayudar a que una vida descubra su verdad más profunda. Es sembrar en el corazón humano aquellas convicciones que, con el tiempo, tarde o temprano darán su fruto.
Por eso la educación en la Asunción se cimienta en virtudes que no siempre aparecen en primer plano, pero que sostienen todo lo demás; la sencillez, la franqueza, el sentido de familia, la paciencia que sabe esperar, la generosidad que se entrega sin cálculo.
En realidad, el ser Asunción, es siempre un colaborador de la obra de Dios en el corazón humano. Un educar que traspasa los muros de los colegios y que se manifiesta en lo cotidiano de la vida, en los entornos en los que Cristo necesita ser conocido y amado:
“Dar a conocer a Jesucristo, amarlo y hacer que se le ame”.
De ahí nace también la libertad para caminar hacia nuevos horizontes. Evangelizar significa precisamente esto, confiar en que Dios sigue actuando en la historia y que su Espíritu abre caminos allí donde nosotros apenas vemos posibilidades.
A veces el camino será tranquilo, como quien atraviesa praderas serenas. Otras veces exigirá subir montañas que parecen demasiado altas. Pero en ambos casos permanece la misma certeza, el Señor guía nuestros pasos.
Por eso la obra que realizamos nunca es solo nuestra. Es, ante todo, suya.
Cuando esta convicción se vuelve clara, lo cotidiano adquiere un valor nuevo. El Reino de Dios no comienza en grandes gestos extraordinarios, sino en la fidelidad humilde de cada día.
Así seguimos caminando en medio de lo ordinario, en el trabajo, en la educación, en el encuentro con los demás. Aprendemos a hacer visible el Reino que ya está presente, aunque todavía de manera discreta, pero que late con fuerza en cada corazón enamorado de Cristo.
Quizá por eso, cuando el corazón se detiene y contempla, resuena la invitación que atraviesa el tiempo y sigue siendo actual.
Ser verdaderamente Asunción significa dejar que la fe sea firme y ardiente, una fe capaz de iluminar el pensamiento, orientar las acciones y dar forma a toda la existencia.
Porque solo una fe vivida de este modo puede convertirse en luz para el mundo.
Una forma de vida que emana de la contemplación y se abre a la acción, y desde esta experiencia, la vida entera se hace oración.
Gracias, Santa María Eugenia de Jesús.
Fali Moreno
Gracias a ti amigo Fali por traer está reflexión cuidada y cariñosa. Haces cercana la historia y la experiencia de Santa María Eugenia.
ResponderEliminarUn abrazo