Con frecuencia,
la vida nos confía
algo que sufrir.
No como castigo,
no como error,
sino como el lugar
donde se decide
si todo es absurdo
o si todo es llamado.
Cuando el cuerpo,
cansado de sí mismo,
ya no consiente un paso más
y nos detenemos al borde del camino,
no para huir,
sino para no ser peso,
para no estorbar.
Cuando las lágrimas brotan
sin haberlas buscado,
a solas o ante otro,
y cualquier instante del día
se vuelve ocasión
para reconocer
que no nos bastamos.
Cuando decimos “basta”,
cuando la debilidad nos alcanza
y la memoria,
que un día fue promesa,
se vuelve nostalgia,
y el pasado ya no abre el mañana.
Cuando estamos solos
en medio de la multitud,
cuando el ruido y el silencio
solo los percibimos nosotros,
porque todo sucede dentro
y nadie sospecha
la medida de nuestra herida.
Cuando la vida
se reduce a sobrevivir
y se nos olvida vivir.
Ahí, en ese punto exacto,
miramos al Crucificado.
No como una idea,
no como un consuelo piadoso,
sino como un hecho
que irrumpe en nuestra experiencia.
Y descubrimos,
con sorpresa humilde,
que nuestro dolor no está vacío,
que nuestro límite
está habitado.
Que Aquel que cuelga del madero
no llega después,
no explica desde fuera,
sino que estaba ya ahí desde el principio,
presencia fiel
en cada paso incierto,
en cada cansancio,
en cada noche sin respuestas.
El dolor no desaparece.
El cuerpo sigue exhausto.
La herida sigue abierta.
Pero ahora sabemos
que no estamos solos.
Desde la cruz
Él no nos quita el sufrimiento,
nos hace compañía.
Y esta compañía
no elimina el drama,
pero lo vuelve humano,
lo vuelve lugar
de una relación posible.
El dolor sigue siendo dolor, sí.
Pero ya no es absurdo.
Es un dolor por Él habitado,
un dolor abierto al Misterio,
y por eso,
paradójicamente,
lleno de esperanza.
Rafael Moreno

Gracias Fali
ResponderEliminar