La expresión “Al final de la tarde se nos juzgará en el amor” San Juan de la Cruz.
El bien no es una realidad aislada que nace en lo humano de forma ocasional en determinados actos, como si fuera un acto pasajero en medio de la neutralidad moral. El bien brota del hondón mismo del ser. No es un añadido extrínseco a la existencia humana, sino una dimensión constitutiva de ella. En lo más íntimo de su naturaleza, el ser humano está originariamente orientado hacia el bien, porque ha sido creado como reflejo de una Bondad mayor que lo precede y lo fundamenta.
Esta afirmación no responde a un optimismo ingenuo, sino a una comprensión real de la persona. El hombre no inventa el bien; lo descubre. Y lo descubre porque está inscrito en su propia estructura espiritual como llamada, como vocación. En el fondo de la conciencia resuena una invitación que no se impone por la fuerza, pero que tampoco puede ser silenciada sin que algo se fracture en lo más profundo de la persona.
La inclinación entre el bien y el mal no se reduce, por tanto, a una mera opción externa, como si se tratara de elegir entre alternativas semejantes. Se trata de algo más radical, es la respuesta que el ser humano da a la verdad de su propio ser.
El mal no aparece simplemente como una acción incorrecta, sino como una desfiguración de la propia identidad, una ruptura con la vocación originaria a la comunión y a la plenitud.
En este horizonte, la moral no puede entenderse como un sistema de normas impuestas desde fuera. Es, ante todo, el espacio de un encuentro. Un encuentro con Aquel que, haciéndose hombre, ha revelado la medida auténtica de lo humano. En Cristo, el bien no es una idea abstracta, sino una presencia viva que ilumina la libertad sin anularla. Él coloca ante nosotros la posibilidad decisiva; ser imagen suya o cerrarnos a esa semejanza.
La libertad, entonces, no consiste en la mera capacidad de elegir, sino en la capacidad de elegir la verdad del propio ser. Y esa verdad se manifiesta plenamente en el amor. Solo en la medida en que el hombre se abre al encuentro con el Bien personal, que es Dios mismo, puede reconciliar su interior, integrar sus tendencias y alcanzar esa unidad profunda que constituye la verdadera madurez espiritual.
Así comprendido, el drama entre el bien y el mal no es un conflicto superficial, sino el núcleo mismo de la existencia. Es la tensión entre la fidelidad a la imagen que llevamos inscrita y la tentación de diluirla. Pero también es la esperanza permanente de que, aun en medio de la fragilidad, el ser humano está llamado a una grandeza que no nace de sí mismo, sino del Amor que lo ha creado y que lo sostiene.
Extracto del trabajo "Acompañar en el amor"
Rafael Moreno
Gracias Rafael
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