En un mundo cada vez más polarizado, en una sociedad que avanza a toda prisa entre el ruido y las obligaciones, con agendas saturadas de proyectos que a menudo no conducen a nada y que, cuando finalmente se ponen en marcha, dan lugar a otra realidad y a nuevas necesidades, pareciera que incluso nuestra propia existencia estuviera atravesada por la lógica de la obsolescencia programada, como si lo que hacemos hoy mañana dejara de tener valor.
Y, sin embargo, ante esta realidad, a veces brota como flor que irrumpe en el asfalto una belleza inesperada, nacida a contracorriente y a golpe de fuerza. Es la pregunta que emerge desde lo más hondo, allí donde todo parece oscuridad, y que abre una nueva posibilidad. Surge entonces la pregunta más profunda de la humanidad, la que incluso embellece el silencio y la penumbra: ¿para qué estoy aquí?, ¿cuál es mi realidad?, ¿qué se me ha dado?
Son interrogantes que sacuden por dentro, como un temblor íntimo, como un latido que se filtra por las grietas del sistema, desmonta certezas y detiene, aunque sea por un instante, la prisa. No reclaman respuestas inmediatas; reclaman presencia, conciencia y paciencia.
Y es en ese punto, en medio del cansancio, cuando descubrimos que no todo es sustituible, que existen gestos que no caducan ni pasan de moda, una mirada que sabe escuchar, una palabra a tiempo, una mano extendida, un acompañar que ajusta el paso, un estar a veces cercano, a veces distante que permanece, que sigue floreciendo ante nuestros ojos. Incluso cuando la atención se dispersa por el ajetreo, todavía somos capaces de detenernos ante lo que nace de nuevo.
Tal vez la belleza no sea un destino al que se llega en soledad o en compañía, sino una pausa para poder respirar y, como escribió un autor, alcanzar algún día a decir: “Confieso que he vivido”. Un gesto de resistencia íntima frente a la lógica de lo útil y lo rentable, de las curvas económicas y de la vida entendida como mera gestión. Tal vez vivir no consista en fabricar sentido, sino en atreverse a habitarlo.
Porque, mientras el mundo se acelera y se fragmenta, la pregunta permanece. Y en esa persistencia frágil, humana, imperfecta nos recuerda que aún no estamos del todo rotos, que incluso sobre el asfalto la vida insiste en florecer.
¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, o el ser humano para que mires por él?
Rafael Moreno
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