Me adentré en el bosque
sin conocer el camino.
Mis ojos se posaban
en abedules y pinos,
en el olor a tierra húmeda,
en el canto suave de las hojas
al rozarse entre sí.
Por instantes,
todo aquello llenaba
mi humilde caminar.
Me detuve muchas veces
a beber la belleza,
a escuchar el silencio,
a recordar quién era,
y hacia dónde quería llegar.
Con las horas,
dejé atrás la sombra amiga
que refrescaba mis pasos.
Los árboles quedaron lejos,
y fue el sol
quien tomó mi mano
para seguir avanzando.
La mochila pesaba más,
los zapatos herían,
pero el deseo de llegar
era más fuerte
que mis quejas.
No podía detenerme.
Entonces vino la cuesta:
alta, interminable,
una montaña sin final.
Debía subirla,
debía continuar.
Al alcanzar la cima,
vi la grandeza
que nadie imagina.
Pero mis pies cansados
me recordaron pronto
que aún quedaba camino.
Seguí andando
y en un instante,
como quien tropieza con un pensamiento,
me pregunté:
¿hacia dónde voy?
¿cuál es mi destino?
Abrí mi mochila
y hallé aquello que no era mío:
recuerdos ajenos,
dolores no cerrados,
lastres que impedían
andar ligero por la vida.
De pronto,
un caminante se cruzó en mi sendero.
Su paso sereno,
su mirada de luz,
hicieron silencio alrededor.
Solo dijo:
No puedes avanzar
si cargas con más
de lo que necesitas.
La vida es siempre camino
pero para llegar a tu destino,
debes aligerar
con lo que no puedes cargar
para poder andar.
Rafael Moreno
“Cargad con mi yugo y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontraréis vuestro descanso. Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”.

Gracias Fali por compartirte. Un abrazo.
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