Entré en aquella habitación que, quizás, el tiempo un día cerró y nadie más volvió a abrir.
No fue casualidad; algo, sin saber qué, me llevó hasta allí. Subí las escaleras de madera vieja de Tea, que crujían con ese sonido que solo los años saben dar. Su olor peculiar, los peldaños gastados, y, sobre todo, ese aire de recuerdo suspendido en el pasado.
La puerta, cerrada sin llave, solo fechada, parecía guardar secretos antiguos, esos que en el letargo parecen dormidos. Solo Dios sabría cuánto tiempo llevaba así.
No tardé en descubrir que se trataba de un viejo taller de tejido. Tal vez, alguna vez, de allí salieron prendas que dieron calor en los inviernos, o tapices que adornaron paredes y hogares. Me pregunté de quién habrían sido aquellas manos que trabajaron entre lanas, linos e hilos, tejiendo melodías y sinfonías en aquel rincón que, aunque hoy dormía, aún conservaba la esencia de haber sido un lugar donde, de un simple hilo, nacía la belleza.
Abrí la ventana para dejar entrar la luz, y la claridad me permitió contemplar, aún más, la hermosura del lugar. Las antiguas máquinas cubiertas de polvo, la vieja silla donde se amontonaban cosas sin terminar... Quizás alguien nunca pudo acabar aquello que un día empezó.
El suelo estaba cubierto de hilos rotos, lanas y retales que parecían no servir para nada.
Pero mi imaginación, siempre curiosa, no dejaba de preguntarse quién dio vida a aquel espacio. Entonces mi mirada se posó en un viejo telar de madera, y aún conservaba algunos hilos entrelazados, puestos con evidente cuidado. ¡Qué atrevimiento el mío! Y sin embargo, algo me impulsó a terminar aquello que otro no tuvo tiempo de acabar.
Recogí los hilos esparcidos por el suelo y comencé a hilar aquellas hebras dispares que, sin saber cómo, iban dando forma a un nuevo tejido. En su urdimbre, al menos para mí, todo cobraba sentido, hilos distintos, sobrantes de antiguos trabajos, olvidados y caídos al suelo, pero llenos aún de historia.
Los colores, las texturas, los tamaños, sin aparente orden, fueron entrelazándose hasta formar algo nuevo. Sin experiencia, tal vez solo por atrevido, fui dando vida a lo que para mí tenía sentido: retomar lo que el tiempo había dejado atrás, rescatar lo olvidado entre el polvo y el silencio de aquel lugar que se convirtió en lugar de encuentro.
Porque, al fin y al cabo, hay belleza también en lo que se rehace, en lo que vuelve a nacer de los restos de lo vivido, y aunque no sea la mas bella de la obra es el resultado de aquello que has unido, que, aunque diferente, entrelaza la vida de tanta gente.
Quizás ese sea el sueño de Dios, anudar, entrelazar y volver a comenzar aquellos que un día cayeron al suelo y dieron sentido a lo que un día solo eran trozos perdidos, que en manos del artesano todo se convierte en nuevo.
Rafael Moreno
¡Qué hermosa reflexión! Gracias Fali, por estos espacios de Bella y profunda escritura.
ResponderEliminarQué belleza! Esto puede ser el principio de algo muy grande q viene. Gracias amigo
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