Manos abiertas, generosas, llenas de vida.
Manos que llevan semilla y la esparcen para que la vida brote.
Caen en tierra porque no retienen lo que guardan dentro;
dejan caer el fruto de la vida
y no se cierran en puños que aprisionan,
pues lo que se encierra muere consigo mismo,
no da fruto, queda en el olvido.
Las manos abiertas son signo de entrega y de confianza:
lugar donde la vida se comparte y se multiplica.
Ojos que se abren no para juzgar, sino para conocer.
Ojos capaces de descubrir entre la maleza una flor
y, en medio de las flores, la hierba que impide florecer.
Ojos que reconocen la verdad y la belleza escondida,
que miran al otro con respeto, ternura y compasión.
Ojos que hablan sin palabras,
pues en su sola presencia resplandece el Maestro,
el que nos enseñó a mirar y a amar.
Pies descalzos que sienten la tierra
y en ella encuentran sentido al camino.
Pies que se manchan de barro
para recordarnos una y otra vez que somos criaturas,
modeladas del polvo por las manos del Artesano.
Él nos formó con paciencia y cariño,
haciendo de nuestra fragilidad una vasija,
destinada a guardar el tesoro de su amor,
un amor que entra en la historia
y se hace presente en nuestro ser.
Un regalo, Fali. Muchas gracias, amigo.
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