"¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que mires por él?" (Salmo 8,5).
Esta pregunta, que brota del corazón del salmista, es la misma que nace cada día en nuestra propia experiencia, somos tan pequeños frente a la inmensidad del universo y, sin embargo, Dios se inclina hacia nosotros con ternura y nos confía una misión inmensa. No nos creó como una pieza más de un mundo ya terminado, sino como cocreadores de la historia.
Santa María Eugenia nos dirá: “Creo que cada uno de nosotros tiene una misión en la tierra”. (...) Y debemos esforzarnos en buscar cómo puede Dios servirse de nosotros para difundir su Evangelio. ¿En qué puede servirse Dios de nosotros? Quizás esa sea la pregunta que nos lleve de nuevo a la cita inicial: ¿Quién soy yo para que Dios se acuerde de mí, me mire y ponga las llaves de la tierra en mis manos?
Dios, que todo lo puede, ha querido necesitar de nuestras manos, de nuestra palabra y de nuestro amor para que su Reino se haga visible. No somos espectadores de la historia, somos colaboradores del Evangelio: en cada gesto de justicia, en cada palabra de verdad, en cada obra de misericordia, el hombre coopera con la creación.
Aquí se revela la dignidad más profunda del ser humano, no es su fuerza, ni su poder, ni su saber lo que lo engrandece, sino que el mismo Dios lo convoca a ser partícipe en la construcción de la vida. Esta alianza es misterio y es confianza. Si Dios cuenta con nosotros, ¿cómo no tomar en serio nuestra propia responsabilidad?
El Reino no se impone por milagro, sino que se gesta con paciencia en la historia. Y allí el hombre se convierte en tierra fecunda donde la semilla de la Palabra germina, madura y da fruto. Como dice San Pablo: “Somos colaboradores de Dios, y vosotros sois el campo de Dios, el edificio de Dios” (1 Co 3,9).
Por eso, cada vez que nos levantamos para defender al débil, cada vez que elegimos la verdad sobre la mentira, cada vez que sembramos paz en vez de odio, estamos colaborando con el mismo Dios que nos soñó libres y responsables.
La grandeza del hombre está en dejarse llevar por Dios, por su mano amorosa y sabia, para que convierta la historia en historia de salvación.
Fali Moreno

Gracias Fali. Dejarse llevar por su mano amorosa, para hacer su voluntad, el sueño que tiene en nosotros.
ResponderEliminarGracias por hacernos recaer en la importancia de ser cocreadores de la historia.
ResponderEliminar"que nos soñó libres y responsables" me quedo con esa frase que nos indica cuán creadores de nuestros destinos somos... Gracias por la invitación a la reflexión.
ResponderEliminarMuy bonito y reconfortante
ResponderEliminarGracias....amor y paz para la Humanidad
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