La vida,
hecha pedazos.
Partículas flotando
sin forma,
sin medida.
Todo está roto.
El desorden
es el único orden
que queda.
Restos que ya no cuentan
lo que fueron,
solo sombras,
fragmentos
sin historia visible.
Un cacharro más,
inútil tal vez,
pero aún observado,
aún esperado
por ojos que no saben
lo que miran.
Sin ver,
sin sentir,
solo estar,
seguir estando,
como si eso bastara.
El silencio,
ese que no se dice,
comienza a significar.
Grita sin voz
lo que tu cuerpo calla.
Y las palabras,
esas que no quieres decir
llenan el espacio
como un deber.
Como un disfraz.
Como una costumbre.
Y entonces,
te preguntas:
¿Quién recogerá los trozos?
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