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La belleza en la fragilidad


Parecía invisible,

forjada a fuego,

sin que nadie doblara

una sola línea de tu vara.

Erguida como certeza,

como si el hierro creyera

que el tiempo no lo alcanzaría.

Pero vino la brisa,

y el salitre,

y el vaivén eterno del mar.

No gritaron,

no golpearon.

Y tú, barandilla altiva,

comenzaste a ceder.

El óxido te fue tomando,

silencioso,

sin que nadie lo pudiera ver.

Lo que el hombre levantó con fuerza,

el mar lo deshizo con paciencia.

¿No es esa la lección?

Que la constancia del agua

vence al martillo de acero,

al yunque de la fragua,

al fuego más feroz.

Que hay sabiduría en lo sutil,

que la fuerza nunca vio venir.

¿Cuál es tu inmensidad, mar?

¿Dónde termina tu forma?

¿En los límites de la arena?

¿En los ojos que no logran abarcarte?

¿Cómo afirmar tal cosa,

si el alma se conmueve,

mar,

con solo mirarte?

Porque cuando cae lo firme,

cuando se oxida la certeza,

cuando el hierro cruje sin guerra,

el alma se encoge

y comprende.

Comprende que la inmensidad

no se mide en metros,

sino en la humildad

que brota de la fragilidad.

Y quizás el hombre reconstruya,

como siempre hace,

con planos y martillos.

Pero solo quien ha visto ceder el hierro

puede entender

que la eternidad no está en lo que dura,

sino en lo que transforma.

Y en su corazón resuena:

que aún en la fragilidad,

la belleza acontece,

cuando eres capaz de encontrar

en una barandilla oxidada,

la inmensidad del mar, 

belleza de Dios revelada.

Rafael Moreno





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