En medio de la multitud, con ramas en las manos y esperanza en el corazón,
una vez más levantamos la voz:
¡Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel!
Recordamos aquella entrada humilde, sobre un pollino,
mientras el pueblo, con entusiasmo, gritaba:
¡Hosanna, hosanna!
Una escena de alegría, de fe sencilla,
de corazones que reconocen al Mesías y lo reciben con gozo.
Pero también hoy, Señor, sigues llegando.
Ya no por las puertas de Jerusalén,
sino por los bordes de este mundo herido.
Llegas en el horizonte del mar,
sobre una patera frágil que carga esperanza y miedo,
y una voz que clama:
"Solo busco llegar."
Hoy también hay quienes extienden alfombras invisibles,
no hechas de telas, sino de gestos de acogida,
de manos que abren puertas y corazones que abren hogares.
Hay quienes te reconocen sin trompetas ni palmas,
pero con la certeza silenciosa
de que tú, el Hijo de Dios, vienes a salvar.
Dichoso el que no pasa de largo.
El que se detiene al verte pasar,
acompasando su paso al tuyo para contemplarte.
Dichoso el que se atreve a decirte,
en lo cotidiano, en lo sencillo:
"Quiero hablar contigo."
Por eso hoy te pedimos, Señor Jesús:
así como entraste en Jerusalén entre cantos de esperanza,
entra también en nuestras vidas.
Entra en nuestras casas,
en nuestras ciudades cansadas,
en nuestras historias marcadas por la prisa y la indiferencia.
Haznos capaces de reconocerte
en quien llega agotado,
en quien cruza fronteras buscando dignidad,
en quien camina sin rumbo, anhelando paz.
Danos un corazón dispuesto a detenerse,
una mirada capaz de acoger,
y una voz valiente que proclame, una vez más:
¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

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