Y después de un largo camino,
me senté un rato junto al río.
Buscaba sanar las heridas,
refrescar la cara,
seguir los senderos de la vida.
Miré al horizonte
y vi llegar a un hombre,
que desde la otra orilla
me observaba con mirada compasiva.
No dijo su nombre,
pero mi corazón ya lo sabía.
Extendió la mano y susurró:
"Ven conmigo".
—¡No puedo! —dije en seguida—.
No conoces mis miedos,
mis idas y venidas,
el temor de hundirme
en el río de la vida.
No soy digno de ser salvado,
pues conozco mi pecado.
Y una vez más, me dijiste:
"No sabes cuánto te he esperado,
cuánto he caminado siempre a tu lado.
Desde la otra orilla
te acompañé en cada caída,
te tendí la mano,
te saqué del lodo.
Porque solo por ti,
un día lo di todo.
Cruza a la otra orilla.
Ven conmigo.
Déjame sanar tus heridas"
¿Quién eres tú, Señor, que,
a pesar de mi pecado,
cada día me tiendes la mano?
Fali Moreno

Comentarios
Publicar un comentario