Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.
¿Quién podría acallar el grito ensordecedor que brota desde mi interior?
Ten compasión, padece conmigo, conoce mi dolor.
Ánimo, levántate, que te llama.
Ve a su encuentro y contempla el rostro del Hijo de Dios,
tu Maestro, tu Señor.
Ánimo, levántate y, sin dudar, comienza a caminar.
No es solo andar por andar; solo con Él y en Él puedes avanzar.
¿Qué quieres que haga por ti?
Quizás no sepas qué decir, y en lo profundo,
donde solo Él puede escuchar,
se encuentra la palabra que puede sanar,
reconoce tu dolor,
tu ceguera interior.
Maestro, que pueda ver.
Ver para comprender los signos de los tiempos,
para reconocer la huella que has dejado en la humanidad.
Contemplar la historia, mi historia, la que cada día estamos
llamados a amar.
Anda, tu fe te ha curado.
En tu mirada se refleja quien te ha sanado,
Aquel que, mirándote, te enseña a mirar,
que, amándote, te enseña a amar.
Maestro, que pueda ver…
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.
Fali Moreno
En aquel tiempo, al salir Jesús de Jericó con sus discípulos y bastante gente, el ciego Bartimeo, el hijo de Timeo, estaba sentado al borde del camino, pidiendo limosna.
Al oír que era Jesús Nazareno, empezó a gritar: «Hijo de David, Jesús, ten compasión de mí.»
Muchos lo regañaban para que se callara.
Pero él gritaba más: «Hijo de David, ten compasión de mí.»
Jesús se detuvo y dijo: «Llamadlo.»
Llamaron al ciego, diciéndole: «Ánimo, levántate, que te llama.»
Soltó el manto, dio un salto y se acercó a Jesús. Jesús le dijo: «¿Qué quieres que haga por ti?»
El ciego le contestó: «Maestro, que pueda ver.»
Jesús le dijo: «Anda, tu fe te ha curado.»
Y al momento recobró la vista y lo seguía por el camino.

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