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Cuaresma, pueblo creyente que en silencio hace camino

Comenzamos un camino, nadie puede comenzar a andar, sin saber a dónde quiere llegar. Andar sin destino es andar perdido. Andar sin un motivo por el que caminar se convierte en un simple pasear, y no se puede pasar por la vida paseando, ya que la vida es camino y solo se hace posible cuando, como dice el poeta: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”. 
Un camino que no hacemos solos sino como pueblo elegido, Iglesia que camina sabiendo cual es su destino. 
Lo haces en silencio, no solo por la ausencia de ruidos, sino que, ante el estruendo que ensordece nuestros oídos, siguiendo al Maestro, es capaz de parar y escuchar en el mundanal ruido hasta el más pequeño gemido. 
Un recorrido cuaresmal que nos invita a parar y contemplar nuestra humanidad, nuestra fragilidad, nuestra pequeñez, nuestras fortalezas y nuestra grandeza. Y ver en nuestros compañeros de camino el rostro que, en ocasiones dolorido en silencio grita y en otras celebra lo que acontece en lo cotidiano de la vida. 
Parar, para dar lo que verdaderamente se necesita, que no son las monedas sueltas de nuestros bolsillos, sino lo que en justicia corresponde al que en su caminar lo hace oprimido, cargando con las mochilas de muchos que hacemos ligero nuestro andar, mientras otros cargan con tus pecados o con los míos.
Un tiempo para caminar y en silencio amar a quien a tu lado le toca estar. Y sin que nadie te vea, poder aliviar, sanar, curar y escuchar con verdadero amor oblativo.

“Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de lo contrario no tenéis recompensa de vuestro Padre celestial.
Por tanto, cuando hagas limosna, no mandes tocar la trompeta ante ti…”

Y en este caminar se nos invita a silenciar y acallar las palabras que nos alejan de lo esencial, para acudir al hondón del alma y encontrar a quien es origen y destino de este camino.  
Entrar en el interior, quizás en tu habitación, en un rincón especial o en ese lugar de encuentro en el que el silencio de tu corazón es capaz de contemplar a quien habita en tu interior. 
Dios, Uno y Trino, que habla al corazón del hombre para ser su testigo en medio de nuestro mundo, que libre u oprimido continúa en marcha como pueblo siempre peregrino. 
Tiempo de rezar contemplando la humanidad que su cruz sigue cargando, tiempo de rezar siendo Cireneo, que en medio de nuestro ajetreo es capaz de ayudar, acompañar y hasta callar para que el que carga pueda hablar. 
Y para acompañar es necesario poderse encontrar, y para encontrarnos hay que vivir orando. 
Y ahí, en el secreto de tu interior está quien es Padre, que como a hijo escucha a quien con amor verdadero pone en medio del camino para decirnos una vez más, por complicado que sea el recorrido “Yo estoy contigo”. 

“Tú, en cambio, cuando ores, entra en tu cuarto, cierra la puerta y ora a tu Padre, que está en lo secreto…”

Caminar ayunando de lo que hace complicado llegar a nuestro destino. Ayunar de tanto chisme, que recorre el pueblo desde el primero al último del camino, ayunar de mentiras, de escalar sin mirar a cuantos dejamos atrás. 
Ayunar pensando, ¿Somos capaces de restablecer tanto daño? Y cuando paramos y ayunamos de tanto correr, solo nos queda reconocer que la única manera de amar es coger tu cruz y comenzar a andar, sabiendo que en el calvario solo es posible amar reconociendo a quien murió perdonando y amando, y que desde el madero es capaz de decirnos “perdona, ama y empieza
de nuevo”, y tras tu calvario, en Galilea nos vemos. 
 

 “Cuando ayunéis, no pongáis cara triste, como los hipócritas que desfiguran sus rostros para hacer ver a los hombres que ayunan”. 

Caminar es contemplar la inmensidad, 
la grandeza que te rodea
creación siempre nueva.
Caminar es silencio, belleza y eternidad. 
Caminar es estar, 
mirar el suelo para no tropezar, 
y allanar el camino al que viene detrás. 
Caminar es soledad, 
y también es compañía, 
acompañar al compañero, 
y preguntarse:
¿Quién lleva la mochila primero?
Caminar es hablar, 
y en ocasiones silenciar,
porque para poder andar 
es necesario respirar, 
tomar aire, 
y luego compartir
lo vivido y lo que queda por vivir.
Caminar es aligerar
el equipaje, 
de aquellas cosas
que nos impide 
hacer nuestro viaje. 
Caminar es siempre peregrinar, 
miembros de un pueblo, 
que, aunque pecador, 
al mirar al madero, 
interpelados por el amor 
dice: Creo.
Y toma su cruz, 
  como el buen Jesús, 
  y le sigue de nuevo. 

Entonces Jesús dijo a sus discípulos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.
Mateo 16, 24-25

Rafael Moreno











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