Creo, y creo en lo pequeño de la vida, en esas pequeñas cosas que acontecen cada día, en el sol que da origen al nuevo día, en la brisa que refresca la mañana, en los colores de la alborada, en el arrebol que tiñe el cielo de un hermoso color y parece anunciar de nuevo tu llegada.
Creo, y mirando al cielo en la noche estrellada, sin querer descubro la belleza que conmueve el alma, y en lo infinito del firmamento donde mi razón no alcanza, mi ser se acalla al contemplar el orden que de Dios me habla.
Creo, que, al caminar por esta tierra, piso Tierra Santa, Tierra Sagrada, y en cada cosa: tierra, fuego, aire y agua, está por siempre la imagen de quien la crea para que a tu criatura no le falte nada.
Solo uno es el Autor de tanta belleza creada, y santa es la tierra que se nos ha sido dada.
En nuestras manos está la llave que abre la puerta a la esperanza de cuidar la creación que es casa común, tierra de alabanza en la que los ríos cantan la gloria de Dios, y a su paso hace fecunda la tierra, y de la semilla más pequeña nace la vida y en todo se contempla la belleza, la armonía y la gracia, don eterno que se nos regala.
Creo en la humanidad, que ama hasta el final, y jamás dice basta.
Creo en quien da la vida por el otro sin conocer ni tan siquiera su rostro y en tierra desconocida, hace lo que un día hizo el que nos amó sin medida.
Creo en quien cura las heridas de la carne o del alma dolorida, y en su sanar solo mira a la persona exhausta por la vida, sin tener en cuenta a quién reza, como viste o quién ama en esta vida.
Creo en los que caminan a escondidas, de puntillas, en un silencio casi eterno para no gritar lo que llevan dentro.
Y hasta al que mira la vida tras las cortinas de su ventana, abiertas o cerradas, pasibles e indolentes.
¿Quién puede juzgar su mirada?, ¿quién es capaz de juzgar al que sufre?
Quizás, en su esconderse, esté la historia de la soledad que no se elige, y cuya tristeza se refleja en sus caras. ¿Cómo llenar una vida que ya se cree acabada?
Creo que el amor tiene la última palabra, que necesitamos parar, para poder contemplar todo lo que se nos da.
Que, ante tanto ajetreo de este mundo nuevo, de prisas y desenfreno, de cruces de personas de vidas aceleradas, que como galgos corren tras la presa deseada, el tiempo se convierte en la joya más preciada y nos olvidamos del presente.
Solo miramos al futuro, correr para llegar, no se sabe bien a qué lugar, pero lo importante es llegar, sin pensar a quien hemos dejado atrás.
Y sin decir una palabra, quizás nos falte recuperar, el perdón, los buenos días, o las gracias.
Creo en esta humanidad, porque jadeante, es capaz de amar.
Creo en esta sociedad, que, aunque en ocasiones parezca agotada, enferma por tener tanto, y otros por no tener nada.
Creo y en mí creer confío, que es posible la esperanza, que mirando al otro descubrimos lo creado, que no somos diferentes, pues salimos de las mismas manos.
¿Quién puede abandonar a quien es obra del mismo barro?
Creo en una nueva humanidad, creo en los que no creen, en los que oran diferente, y sin credos ni deidades se entregan cada día al servicio de tanta gente.
Creo en los que sin creer creen que su obra es creación, y en su entrega generosa son el rostro de Dios.
Creo, en nuestra capacidad de construir la paz, de trabajar por la justicia, de darnos sin más, sin mirar al que acogemos si viene de uno o de otro lugar.
¿Quién de nosotros no es forastero en esta tierra donde nuestra historia es pasajera, paso inevitable para la ciudad eterna?
Lugar de gloria, anticipación del cielo, pero al final todos forasteros, ya que nuestro destino es la promesa de Dios, el Reino de los cielos.
Creo, que somos creadores, de una obra inacabada, que, con su aliento de vida, transforma nuestra mirada, para construir la historia, siendo artesanos de la sociedad que Dios nos encarga.
Creo en el Padre, que con AMOR crea, en el Hijo, que por AMOR se entrega, y en el Espíritu, que siendo AMOR nos invita a ser artesanos de una nueva creación.
Fali Moreno Rodríguez
«Y vio Dios que era bueno»
(Gn 1,12.18.21.25)

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