Me senté en el brocal del pozo,
quizás quise ser samaritana,
y que me dieras de beber de esa agua
que nunca se acaba.
Me subí a lo alto de un árbol
como hizo el buen Zaqueo,
para ver si a tu paso
venías a mi casa de nuevo.
En ocasiones fui María,
y en otras me tocó ser Marta,
para ver si en el servicio o en la escucha,
entendía de lo que hablabas.
Quise ser hijo pródigo,
y volver a tu casa,
para celebrar contigo
que encontré el camino cuando
estaba perdido.
En ocasiones fui padre que acoge,
y en otras, hijo que no entiende,
incluso fui el servicio que preparó
con algazara, el regreso de aquel
que cada día vuelve.
A veces fui como los hipócritas
de los que habla tu Evangelio,
que oran en la calle buscando recompensas.
En otras quise ser como aquella anciana,
que abre su monedero, quizás vacío, tal vez lleno,
y pone lo que tiene para la construcción del Reino.
En muchas otras también fui Pedro,
que te negó, no tres, sino mil veces
cuando me venía bien que nadie te conociese.
Yo también estuve al pie de aquel madero,
incluso con burla y descaro
te pude poner aquellos clavos.
Y no solo los clavos,
sino también el letrero,
en el que todo el mundo leyó
que tú eras el Nazareno.
Y, ¿De qué sirvió ser uno u otro,
si no me vuelvo a encontrar con tu rostro?
Déjame Señor ser discípulo de nuevo,
que yendo a Galilea me encuentre
contigo, mi Señor, pastor siempre bueno.
Que te encuentre en el camino,
que te reconozca como amigo,
para decirte nuevamente,
quédate a cenar conmigo.
Y en el pan partido y repartido,
te vea como alimento
para continuar este largo camino,
no me dejes continuar solo, sino llévame contigo.
Que te vea y te contemple,
que te escuche y que te comprenda,
y que me envíes nuevamente,
al anuncio de tu Palabra
siempre nueva y eterna.
Rómpeme en mil pedazos,
si tú lo crees necesario,
y reconstruye lo que un día
fue creado de tan divinas manos.
Escribe letra a letra la historia
de mi vida, y hazme mi Señor,
ser como Tú lo quieras en cada
instante de mi vida.
“Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable. Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos”.
(Job 42, 2-3.5)

Gracias , Rafa , por esas palabras de aliento.
ResponderEliminarMuchas gracias por tus palabras.
EliminarGracias Cristina, me alegra que te ayude.
ResponderEliminar