Ir al contenido principal

Relato de una tarde en Agaete

Quien iba a decir que aquel día, celebrando el día de Canarias y en la Provincia vecina, le pasaría a un servidor tantas anécdotas que se entretejen en la vida. 

La alegría de la fiesta llenaba aquel lugar, la gente cantaba coplas que daban ganas de participar. Isas, Folías y hasta Malagueñas les prometo llegué a escuchar. Y algún Punto Cubano, que desde nuestro pueblo hermano, resuenan en nuestra historia y es signo de identidad. 

La gente hospitalaria de aquel pueblo costero, invitaba al foráneo a sentirse uno de ellos. Carácter del canario que acoge al de fuera, para unirse a su fiesta como si de su pueblo fueras. Y esto pasa en Agaete, en el Pino, Agulo, en el Valle de la Orotava, en Frontera, o donde un canario estuviera en una fiesta parrandera.

Pero aquel día no tenía el cuerpo uno para tanto trote, y decidí alejarme un poco, para buscar el silencio, y dejarme llevar por mi pequeño libro de versos. 

El bullicio de la fiesta, la alegría del encuentro y entre la música y el viento, busqué el lugar para leer algún soneto.

No me servía cualquier lugar, necesitaba un rincón en el que la alegre algarabía de la fiesta de aquel día, sonarán lejanas, y permitieran en mí, poder adentrarme en el mundo apasionante de la poesía elegante, de los versos asonantes, y algo de filosofía, para que dieran sentido a mi día. 

Y entre mi caminar por las calles del Agaete empedrado, encontré el lugar para mí el más adecuado. Un cruce de caminos, con una pequeña plaza en la que una Cruz de piedra se alza, que, dando lustre a aquel rincón, se convirtió por unas horas en un bonito salón. 

Preparé con esmero aquel lugar, acomode donde me iba a sentar, busqué la sombra adecuada, para que el sol no diera en la cara mientras por aquel pueblo esperaba. 

El ir y venir era constante, se notaba en el ambiente la alegría de aquella gente, que, con sombreros de paja, buen Sancocho y bebida de cebada, bailaban al mismo tiempo que se refrescaban. Añorando y esperando la tan ansiada fiesta de la Rama. Y entre saludos y despedidas vi cómo la tarde pasaba.

No tardé mucho tiempo en adentrarme en el mundo de los versos, me puse mis espejuelos, los de cerca, ya que con los de lejos apenas veo. 

Y con mi librito en las manos, comencé a leer los sonetos, poemas y algunos versos de Lorca, la ocasión no pedía menos. 

Y en aquel fisco de plaza donde la Cruz se alza, entraron dos caminantes, al cual más elegante. Se sentaron sigilosamente, sin hacer ruido aparente, pero un saludo rompió en silencio de aquel sonoro momento. 

-Parece interesante, hay algo atrayente en su semblante, -dijo la dama extravagante- a lo que añadió el original acompañante: 

- Se da un aire usted a Góngora, o quizás a Miguel Unamuno…

Pero no fue casual que no se quedara con alguno, al exclamar a voz en grito, y reconozco que hasta con cierto júbilo: 

- ¡Es como Pepe Dámaso! El artista de Agaete, de postura elegante, buscando en el viento a las musas que inspiran su arte

Y tras pausada conversación, alabando a nuestras islas, con total educación se despidió la visita que se colaron en mi improvisado salón. 

-Le dejamos ya tranquilo, para que continúe leyendo. Nos vemos en otro momento, tenga usted buena tarde, es una alegría encontrarse con gente como la de antes. 

Y de esta forma singular se despidió la pareja original, que, en la tarde de Agaete, entre el viento y la fiesta me vinieron a alegrar.

Quién diría que aquella tarde, en aquel pueblo costero, que mi libro se quedaría en un simple soniquete, que sirve de marco y melodía a las historias vividas, conversaciones entre mi gente, que en una plaza escondida se unen en un solo canto como si te conocieras de toda la vida.

Así es nuestra tierra, nuestra gente y su belleza, que es capaz de decir “mi niño”, aunque canas peines en tu cabeza. 

Que se sientan a tu lado para que, con buena gana, se sueñe con unas islas de gente con buen talante que, entre lava, salitre y arte se sienten de un mismo pueblo disperso en ocho partes, y en medio del Atlántico palpita a un mismo compás, entonado en un himno como signo de unidad.  

Soy la sombra de un almendro,

soy volcán, salitre y lava.

Repartido en siete peñas

late el pulso de mi alma.

Soy la historia y el futuro,

corazón que alumbra el alba

de unas islas que amanecen

navegando la esperanza.

Luchadoras en nobleza

bregan el terrero limpio

de la libertad.

Ésta es la tierra amada:

mis Islas Canarias.

Como un solo ser

juntas soñarán

un rumor de paz

sobre el ancho mar.

(Letra de Benito Cabrera)

Quien me iba a decir a mí, que una tarde en Agaete esperando aquel barco, me diera para tanto. 

La historia aquí contada puede ser o no real, eso ya depende de lo que tu puedas imaginar. De lo que hayas vivido por cualquier pueblo perdido, o de lo que hayas compartido junto con aquel desconocido, que entrando en tu presencia por un momento es amigo. 

Así es mi tierra amada.

Fali Moreno




Comentarios

Entradas populares de este blog

Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que mires por él?

"¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que mires por él?" (Salmo 8,5). Esta pregunta, que brota del corazón del salmista, es la misma que nace cada día en nuestra propia experiencia, somos tan pequeños frente a la inmensidad del universo y, sin embargo, Dios se inclina hacia nosotros con ternura y nos confía una misión inmensa. No nos creó como una pieza más de un mundo ya terminado, sino como cocreadores de la historia. Santa María Eugenia nos dirá: “Creo que cada uno de nosotros tiene una misión en la tierra”. (...) Y debemos esforzarnos en buscar cómo puede Dios servirse de nosotros para difundir su Evangelio. ¿En qué puede servirse Dios de nosotros? Quizás esa sea la pregunta que nos lleve de nuevo a la cita inicial: ¿Quién soy yo para que Dios se acuerde de mí, me mire y ponga las llaves de la tierra en mis manos? Dios, que todo lo puede, ha querido necesitar de nuestras manos, de nuestra palabra y de nuestro amor para que su Reino se haga visi...

Bienaventurados los que despiertan despacio con los ojos puestos en el horizonte.

Bienaventurados los que esperan, los que, en medio del ruido, siembran esperanza en esta tierra llena de su gloria eterna. Que acontece en lo sencillo, en cada amanecer,  en cada gesto de cariño.  Bienaventurados los que despiertan despacio con los ojos puestos en el horizonte, donde la vida siempre es nueva aunque la mochila la lleves llena.  Bienaventurados los que se ponen en camino, los que allanan sendas, los que buscan a quien anda perdido y le ofrecen un paso más, una luz, un abrazo, la mano de un amigo. Bienaventurados los que hacen el bien sin ruido, los que descubren en cada rostro el suave resplandor de Dios-con-nosotros. Bienaventurados los que esperan sin prisa, los que se entregan sin preguntar, los que aman sin medir, porque en ellos florece la bondad que Dios siembra en la humanidad. Bienaventurados somos todos, porque en cada uno brilla un reflejo de Dios hecho hombre, y en ti, especialmente, la belleza secreta de su creación perfecta. Y en este tiempo de...

La Cuaresma un hecho que irrumpe y nos provoca

La Cuaresma vuelve cada año como una llamada discreta pero insistente al corazón humano, como un hecho que irrumpe y nos provoca. No es simplemente un tiempo de prácticas externas, sino la ocasión de verificar qué sostiene realmente nuestra vida. En medio del ruido y la dispersión, la Iglesia nos ofrece estos días para redescubrir algo elemental y decisivo, sin oración el cristianismo se reduce a ética, a tradición cultural o a emoción pasajera. Se vuelve discurso, memoria de algo que fue. Con oración, en cambio, la fe vuelve a ser experiencia viva, acontecimiento presente. Porque la oración no nace ante todo de un mandato, sino de una necesidad. Es la expresión más verdadera del yo cuando toma conciencia de sí mismo. El hombre es mendicante por naturaleza, su corazón siempre está en espera, como deseo de plenitud, de justicia, de amor que no termine. Cuando esta necesidad no encuentra su nombre verdadero, se dispersa en mil sustituciones, en ocasiones generadas por nosotros mismo, pa...