Cada Viernes Santo recuerdo el poema “LA PEDRADA” de José María Gabriel y Galán, versos que me enseñó mi catequista, al preguntarle porqué la túnica del Nazareno era morada y la razón de su frente ensangrentada.
La catequista Nadia León, “la poetisa”,
así yo la llamaba, comenzó a recitar con voz pausada la belleza de la Pedrada.
Intensamente resonaron en mi aquellos
versos, que tejen la historia de un niño que pudiera parecer travieso, y que
sin embargo, se rebela contra aquel hombre perverso que con látigo en mano se
pone enfrente del Jesús amado.
El poema huele a incienso y a campos castellanos,
a tradición y piedad quizás de tiempos ya lejanos. Tiene un soniquete de calles
empedradas, especialmente engalanadas para recodar la Pasión de quien con las
manos atadas, cruza la mirada para escuchar el clamor de un pueblo que con fe a
su Señor aclama.
Pero cuando se recita con mesura nos
trae a la memoria un recuerdo que siempre perdura, ya los tiempos cambian y sin
embargo hoy añoramos el ver recorrer tronos y pasos por nuestras calles asfaltadas.
Cada verso nos relata el paso del
Nazareno que entre los sollozos de plañideras, con gestos dolorosos acompañan al
que con túnica morada recorre silencioso las calle de aquel lugar, que bien pudiera
ser tu pueblo o mi barrio.
Pero el poeta culmina con una
interrogación, que quizás necesite una respuesta fruto de nuestra reflexión.
Hoy, que con los hombres voy,
viendo a Jesús padecer,
interrogándome estoy:
¿Somos los hombres de hoy
aquellos niños de ayer?
Fali Moreno
LA PEDRADA, de
GABRIEL Y GALÁN.
I
Cuando pasa el
Nazareno de la túnica morada,
con la frente
ensangrentada,
la mirada del
Dios bueno y la soga al cuello echada,
el pecado me
tortura, las entrañas se me anegan
en torrentes de
amargura,
y las lágrimas
me ciegan,
y me hiere la
ternura...
. . . . . . . .
. . . . . . . . . . . .
Yo he nacido en
esos llanos
de la estepa
castellana,
donde había unos
cristianos
que vivían como
hermanos
en república
cristiana.
Me enseñaron a
rezar,
enseñáronme a
sentir
y me enseñaron a
amar;
y como amar es
sufrir,
también aprendía
a llorar.
Cuando esta
fecha caía
sobre los pobres
lugares,
la vida se
entristecía,
cerrábanse los
hogares
y el pobre
templo se abría.
Y detrás del
Nazareno
de la frente
coronada,
por aquel de
espigas lleno
campo dulce,
campo ameno
de la aldea
sosegada,
los clamores
escuchando
de dolientes
Misereres,
iban los hombres
rezando,
sollozando las
mujeres
y los niños
observando…
¡Oh, qué dulce,
qué sereno
caminaba el
Nazareno
por el campo
solitario,
de verdura menos
lleno
que de abrojos
el Calvario!
¡Cuán suave,
cuán paciente
caminaba y cuán
doliente
con la cruz al
hombro echada,
el dolor sobre
la frente
y el amor en la
mirada!
Y los hombres,
abstraídos,
en hileras
extendidos,
iban todos
encapados,
con hachones
encendidos
y semblantes
apagados.
Y enlutadas,
apiñadas,
doloridas,
angustiadas,
enjugando en las
mantillas
las pupilas
empañadas
y las húmedas
mejillas,
viejecitas y
doncellas,
de la imagen por
las huellas
santo llanto
iban vertiendo...
¡Como aquéllas,
como aquéllas
que a Jesús iban
siguiendo!
Y los niños,
admirados,
silenciosos,
apenados,
presintiendo
vagamente
dramas hondos no
alcanzados
por el vuelo de
la mente,
caminábamos
sombríos
junto al dulce
Nazareno,
maldiciendo a
los Judíos,
«que eran Judas
y unos tíos
que mataron al
Dios bueno».
II
¡Cuántas veces
he llorado
recordando la
grandeza
de aquel echo
inusitado
que una sublime
nobleza
inspiróle a un
pecho honrado!
La procesión se
movía
con honda calma
doliente,
¡Qué triste el
sol se ponía!
¡Cómo lloraba la
gente!
¡Cómo Jesús se
afligía...!
¡Qué voces tan
plañideras
el Miserere
cantaban!
¡Qué luces, que
no alumbraban,
tras las verdes vidrieras
de los faroles
brillaban!
Y aquél sayón
inhumano
que al dulce
Jesús seguía
con el látigo en
la mano,
¡qué feroz cara
tenía!
¡qué corazón tan
villano!
¡La escena a un
tigre ablandara!
Iba a caer el
Cordero,
y aquel negro monstruo
fiero
iba a cruzarle
la cara
con un látigo de
acero...
Mas un travieso
aldeano,
una precoz
criatura
de corazón noble
y sano
y alma tan
grande y tan pura
como el cielo
castellano,
rapazuelo
generoso
que al mirarla,
silencioso,
sintió la
trágica escena,
que le dejó el
alma llena
de hondo rencor
doloroso,
se sublimó de
repente,
se separó de la
gente,
cogió un
guijarro redondo,
miróle al sayón
la frente
con ojos de odio
muy hondo,
parose ante la
escultura,
apretó la
dentadura,
aseguróse en los
pies,
midió con tino
la altura,
tendió el brazo
de través,
zumbó el
proyectil terrible,
sonó un golpe
indefinible,
y del infame
sayón
cayó botando la
horrible
cabezota de
cartón.
Los fieles,
alborotados
por el terrible
suceso,
cercaron al niño
airados,
preguntándole
admirados:
-¿Por qué, por
qué has hecho eso?...
Y él contestaba,
agresivo,
con voz de
aquellas que llegan
de un alma justa
a lo vivo:
-«¡Porque sí;
porque le pegan
sin hacer ningún
motivo!»
III
Hoy, que con los
hombres voy,
viendo a Jesús
padecer,
interrogándome
estoy:
¿Somos los
hombres de hoy
aquellos niños
de ayer?
LA PEDRADA, de GABRIEL Y GALÁN.

¿Nos sigues doliendo los cristos crucificados que recorren nuestras calles asfaltadas?
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