Nada nos podrá separar de Aquél que
ama a quién con amor creó
Vivimos
momentos muy complicados, durante las últimas semanas hemos visto como nuestras
apretadas agendas se paralizaban, nuestros proyectos, nuestros encuentros,
aquellas cosas que hace unos días eran sumamente importantes, hoy casi ni nos
acordamos, parece que el tiempo “agendado” se haya paralizado, aunque solo lo parece,
ya que la vida continua pero con una mirada diferente. Cada día, acontece a
nuestro alrededor, mil y una situaciones diferentes que nos sobrecogen. Los
números, las cifras y los porcentajes
parecen marcar el ritmo de nuestras vidas. Nunca antes una curva fue tan
importante.
Algunos
les han tocado contemplar la vida desde sus ventanas o balcones, mirando el
reloj una y otra vez, viendo pasar el tiempo, intentado ocupar cada minuto en
hacer y deshacer cosas… el #yomequedoencasa ha calado
profundo, sin duda alguna nos ha costado decir: PÁRATE!!!
Otros
los viven desde primera línea de batalla, desde los hospitales, que han dejado
de ser solo edificios para convertirse en tiendas de campañas, estaciones
improvisadas y recintos que no paran de acoger a miles de personas afectados
por el virus, y a sus familias, que marchan con la incertidumbre de no saber lo que va a pasar.
Las
largas colas en los supermercado, los recursos que se agotan, los ánimos que
decaen…Y es justo en ese momento donde nace la esperanza…Hemos sido testigos de
nuevos héroes que no visten con capa, sino que llevan el uniforme de los supermercados,
de transportistas, de servicios de emergencias, de limpiadores o
de rostros de personas que desde el anonimato llevan compras, hacen llamadas a
los que están solos, fabrican mascarillas caseras, hablan de balcón a balcón, rezan
por el mundo…
Mil
y un rostro que hacen posible que en nuestra sociedad acontezca el milagro de
los pequeños detalles, esos detalles que surgen a nuestro a alrededor y que
apenas notamos, pero brota poco a poco…
“MIRAD,
voy a hacer algo nuevo, YA está brotando, ¿no lo notáis?” (Is
43, 19).
El
milagro de la miradas, de los pequeños grandes gestos, el milagro del ¡Aquí estoy!,
¡Ánimo!, o el de ¿necesitas algo?...
gestos y palabras, que el ruido del día a día parecía acallar, miradas que se
ocultaban entre las prisas y prisas que no nos dejaba ver lo que acontecía en
nuestra realidad más cercana. Hoy que tenemos que mantener las distancias
físicas, nos acercamos más que nunca, en un acercarse distinto, pero que
siempre existió, se trata la cercanía de la humanidad que se manifiesta en
cuanto descubro en el otro mi propio sufrimiento, mi debilidad, ni
vulnerabilidad… en un paso del YO al NOSOTROS.
Durante todos estos
días, he escuchado en varias ocasiones, y no solo en boca de otros, sino
también en mi interior: ¿Dónde está Dios? ¿Se
olvidó de nosotros?, pero al mismo tiempo resuena con fuerza las
palabras de Pablo a los Romanos: ¿Quién nos separa del amor de Cristo?, ¿la
tribulación?, ¿la angustia?... Nada nos podrá separar de Aquél que dio
su vida por nosotros. Nada nos podrá separar de Aquél que ama quien con amor
creó.
Y así, desde nuestra propia humanidad el DIOS
de la VIDA se manifiesta en nosotros. Dios hecho hombre. Un Dios bueno, que lejos de
quedarse en su cielo, se abaja y toma nuestra propia condición humana, frágil y
fuerte a la vez, “al contrario, se despojó de su rango y tomó la condición de esclavo,
pasando por uno de tantos” (Filipenses
2,6-11).
El “Dios hecho hombre” que ama, acompaña, sufre, llora y también muere
por nosotros “se rebajó hasta someterse incluso a la muerte, y una muerte de cruz”
(Filipenses
2,6-11). Toma nuestra propia
condición, para salir al encuentro de tantos hombres y mujeres que a lo largo
de la historia se encontraron con ese Jesús de las miradas, de los gestos, de
las palabras.
Sí, aquél que nació en
un pesebre, al que conocimos en los brazos de su madre aquella noche en Belén, el que creció en
Nazaret, a pesar de que muchos dirían que no puede venir de ahí nada bueno… “¿Puede
algo bueno salir de Nazaret? Felipe contesto; Ven y lo verás” (Juan 1,46-47). Y vieron a ese Señor de las
pequeñas cosas, ese Jesús de los encuentro en el que con sólo su presencia
sana: “Con sólo tocarle el manto, me salvaré” Jesús se volvió, y al verla le
dijo: ¡Ánimo, hija! Tu fe te ha salvado. Y desde aquel momento quedó curada la
mujer (Mt 9, 20-22). Al Señor
del brocal de pozo, que en su encuentro con la samaritana le da de beber del
agua de la VIDA (Juan 4,1-45). Se encontraron con aquél levanta los ojos para
mandar a bajar del árbol al publicano, “Zaqueo, date prisa, desciende, porque hoy
es necesario que pose yo en tu casa” (Lucas 19, 1-6). Se encontraron,
con el Dios hecho hombre, que se parte y se reparte, un Dios que ha venido a
darnos vida “yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia” (Juan 10,10). Se encontraron con
Aquél, que en una cena nos dio sus mayor regalo, el de amarnos los unos a los otros como Él nos ama, y darnos como Él se
da, como pan partido y repartido. Y muchos se encontraron con un Jesús, que
cargando con una cruz, acepta la voluntad del Padre. Que recorre las calles
encontrándose a aquellos a los que tanto ama, y que desde lo alto con los
brazos abiertos, pero esta vez clavados en el
madero, sigue perdonando y amando…
¿Cómo nos podrá
abandonar Aquél que por AMOR a nosotros murió?
Él nunca nos
abandona, “Estaré con ustedes todos los
días, hasta el fin del mundo” (Mt 28,16-20). Nos acompaña en nuestro dolor, en nuestros
silencios, en nuestros miedos.
Hoy, el Señor nos pide
que nos acerquemos a Él, que no nos dejemos ahogar por el miedo y que firmes en
la Fe, sabiendo de quién nos hemos fiado, pongamos en Él nuestra mirada, para poder escuchar voz, que desde el silencio de nuestras calles
vacías, en las miradas de nuestros hogares y en el ir y venir de los hospitales,
podamos escuchar la voz del Señor que nos dice con fuerza: ¡Ánimo, no tengáis
miedo! SOY YO.
“¡Ánimo!, soy yo; no temáis”. Pedro
le respondió: «Señor, si eres tú, mándame ir hacia ti sobre las aguas».
“¡Ven!”, le dijo. Bajó Pedro de la barca y se puso a caminar sobre las aguas,
yendo hacia Jesús. Pero, viendo la violencia del viento, le entró miedo y, como
comenzara a hundirse, gritó: “¡Señor, sálvame!”. Al punto Jesús, tendiendo la
mano, le agarró y le dice: “Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?”. Subieron a
la barca y amainó el viento. Y los que estaban en la barca se postraron ante él
diciendo: “Verdaderamente eres Hijo de Dios”.
(Mt 14,22-33)
Mándanos Señor, a caminar sobre las aguas,
y calma el oleaje que agita nuestro interior. Aumenta en nosotros la Fe, para
decir con fuerza “salvamos Señor”
“Porque
tengo la certeza de que ni la muerte ni la vida, ni los ángeles ni los
principados, ni lo presente ni lo futuro, ni los poderes espirituales, ni lo
alto ni lo profundo, ni ninguna otra criatura podrá separarnos jamás del amor
de Dios, manifestado en Cristo Jesús, nuestro Señor”.
(Romanos 8, 38-39)
Fali Moreno
Laico de la Asunción
Laico de la Asunción

Realmente enriquecedor e incitador a la reflexión, a pensar mientras esperamos, pero sobre todo, a vivir mientras nos acompañamos. BRAVO por la reflexión
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